El presidente, el primer ministro y el jefe de su servicio secreto

Seguramente recordarás la película “Regreso al futuro” que, en 1985, fue una de las producciones más exitosas de Hollywood. Protagonizada por Michael J. Fox y producida por Steven Spielberg, al éxito de la primera la siguieron varias secuelas. Pero, actualmente, en Moscú tengo la impresión de que se está desarrollando una nueva secuela en la que Vladimir Putin es el actor principal.

El primer “flash” lo recibí  en mi primera visita a Leipzig después de la caída del muro cuando recibí una invitación al hotel de Erich Honecker, entonces ya exjefe de Estado de la República Democrática Alemana, para asistir a una reunión que debía servir para establecer los primeros contactos de negocios.

Siempre había estado fascinado con la idea naif de que sería fácil acceder fácilmente a este nuevo mercado y viajaba con la idea errónea de que los alemanes recién reunificados se entenderían fácilmente gracias a una lengua común y a pesar de que las dos partes del país se habían desarrollado de manera muy diferente en los últimos años.

Una vez allí, me di cuenta con rapidez de que la realidad sería muy distinta y como durante muchos años, sólo una parte de la oligarquía pudo mantener contactos con el oeste, ahora teníamos enfrente a una retahíla de ministros, secretarios de Estado y agentes del servicio secreto con los que lidiar. Según entendí, su conocimiento de las relaciones con el oeste, hacía que fuera “los únicos que tenían un idea general sobre el comportamiento occidental y el capitalismo”.  Por eso —y hoy ya no me sorprendo de ello— después de dos día de negociaciones nos ofrecían  40.000 (!) pisos de la ciudad de Leipzig por un “módico precio” de un millón de marcos alemanes. Ese era su forma de entender el capitalismo.

Con los años y, a medida que me fui involucrando en los negocios en las regiones más orientales de Europa, más me he ido dado cuenta de que algunos acuerdos no son posibles sin el apoyo directo o indirecto de las antiguas oligarquías. Hace poco, en una negociación para un contrato de gestión de residuos, recibí una invitación para el almuerzo en un hotel por un secretario de Estado. El encuentro no pudo empezar peor cuando el guardaespaldas, por la categoría y tamaño de nuestro coche, decidió que no éramos lo suficientemente importantes para mantener el encuentro. Tras algunas llamadas, el almuerzo se llevó a cabo pero, a la salida me quedé con la impresión de que el secretario no era la persona competente para mantener la discusión.

Traté de transmitirle a mi socio local todas preocupaciones y, rápidamente, me tranquilizó con una respuesta clara:

— Usted tiene razón, pero su hermano es el ex jefe del servicio secreto, tiene mucha energía y autoafirmación.

Me quedé sin habla.

En otra ocasión,  viajaba en taxi a través de carreteras secundarias para ir a una reunión a unos 200 km de una capital. Mi taxista, al que no conocía de nada, recibió una llamada al teléfono móvil en un momento de nuestro trayecto. Alguien le dijo algo y el paró el vehículo, se giró hacia mí y me dijo:

— Señor Marc Ambrock, tengo una llamada para usted.

No entendía qué estaba pasando: ¿Cómo demonios sabían que yo estaba en ese taxi?  Me decidí a pensar positivamente y me obligué a creer que el hombre en el otro extremo de la línea me consideraba muy importante.

Por todo esto, si hoy se pusieran en contacto conmigo unos clientes rusos para decirme que el propietario de una empresa era o bien el FSB (ex KGB) o bien un millonario determinado, lo primero que haría sería no sorprenderme demasiado y, segundo, mantendría un ojo atento sobre ellas.

Así, que me quedo con una recomendación que quiero transmitirse: Si tienes intención de dirigirte hacia el este, aunque sea un proyecto pequeño, es mejor tener en cuenta que existen hermanos mayores (sean el presidente, un ministro o el servicio secreto). Ellos te están mirando, y eso no significa necesariamente algo negativo.

2 Respuestas a El presidente, el primer ministro y el jefe de su servicio secreto

  1. Me ha gustado mucho el artículo porque es verdad que las cosas en esas regiones son así. Es un hecho real con el que tenemos que convivir, si trabajamos allí. Claro, puede ser que eso cambie ….. cuando pasen una o dos generaciones. :)

    Yo puedo añadir que, a veces da la impresión que, cuando estas haciendo contactos y negocios en esos lugares, todo el que te acerca “es” o “tiene a alguien”.

    Por eso estoy de acuerdo con la recomendación: tener en cuenta que existe un “gran hermano” en “casi” todo lo que ves allí y eso no siempre es malo. Solo debemos ser precavidos y nunca tomar decisiones precipitadas.

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